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Sonríe que es gratis

18/11/2010

He sido socia durante un año del gimnasio Las Rejas de Majadahonda, y como la pereza y otras responsabilidades me impidieron aprovechar bien los servicios que ofrecían, mea culpa, decidí que en lugar de renovar por un año más, contrataría diez sesiones con un entrenador personal para ver si así me motivaba. Efectivamente esto me motivó, la entrenadora era buena y yo aplicada. Por motivos ajenos a mi voluntad y que no vienen al caso, no quedé contenta con el entrenamiento, bueno más bien con el servicio prestado. Y aunque razones tendría para poner verde a este gimnasio… no lo haré, no es mi intención.

Este problema, me hizo reflexionar sobre porqué a unas empresas o personas les va bien en la vida y a otras no. ¿Por qué este gimnasio teniendo todo para funcionar, estaba siempre vacío?. Y es que las empresas están formadas por personas y las personas por alma, y cuando las estructuras (ya sean de hormigón o de carne y hueso) fallan, todo se viene abajo.

Lo normal es que uno reciba lo que entrega, de manera que si uno pita al coche de delante, es fácil que éste se vuelva y te enseñe el dedito corazón, ¡bien recto!. Te han dado lo que has ofrecido. Por eso, cuando uno es amable y educado, no entiendo que el que está al otro lado del mostrador (o viceversa) sea un borde, y eso me ¡encoleriza! y aunque esto es malo, peor es que encima te den un mal servicio cuando ya lo has pagado.

En el último año he debido asistir personalmente a más de 60 charlas sobre comunicación, coaching, management, etcétera y de cada una he extraído algo que me ha servido y me ha quedado grabado. En una de estas charlas alguien (lo siento no recuerdo quién) contó esta anécdota: “el propietario de un restaurante pidió a un amigo su sincera opinión respecto a su negocio. El amigo le dijo que la comida había sido muy buena, pero que realmente le había sorprendido el servicio, y le preguntó dónde había contratado a camareros tan amables. El propietario le contestó que él no había contratado camareros, sino personas que sabían sonreír y a las que después había enseñado a servir mesas”. Yo me uno a esa filosofía.

 

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